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DISCURSO INAUGURAL
QÜ 8 PROHtJVClÓ
#
EN EL ATENEO ESPAÑOL
D. JOSE JOAQUIN DE MORA,
OVO DI SOS SOCIO! ,
AL ABRIR UN CURSO DE DERECHO NATURAL
II PIA 7 DI MARZO P* l8al.
MADRID :
Imprenta del Cbvsor, Carrera deS. Francisco.
1821.
DISCURSO INAUGURAL
P KOSÜHCUDO
EN EL ATENEO ESPAÑOL
/V penas salimos en el estudio del hombre ,
de la esfera de su organización física y del
circulo de sus primeras necesidades , hallamos
un orden mas elevado de fenómenos , una nue-
va especie de operaciones, para cuyo conocimien-
to no bastan ni el simple uso de los sentidos , ni
las leyes que dirigen los movimientos y las re-
laciones de los cuerpos. La inteligencia y la vo-
luntad se nos presentan con toda la oscuridad
de su origen , en toda la inmensidad de su al-
cance, trazando una barrera impenetrable en-
tre el mundo de las sensaciones y el mundo del
espíritu , y encadenando la creación entera á
unos actos tanto mas enérgicos y poderosos,
cuanto menos se asemejan á lo que forma el
objeto inmediato de nuestras impresiones ester-
4
ñas. El hombre aparece entonces como el gefe
de la naturaleza ; como la parte mas noble del
universo ; como el grande enigma cuya esplica-
cion parece reservada á la mano invisible que
formó sus órganos, y derramó en ellos el ger-
men de la vida.
Pero esta sublime prerogativa somete al que
la posee á una nueva serie de necesidades. Las
leves del mecanismo no son menos seguras é
irresistibles, que las relaciones que emanan del
egercicio de las facultades interiores ; y si el
hombre . como animal , se halla espuesto al cho-
que de los cuerpos , á los rigores de la esta-
ción , á la falta del equilibrio , como ser inteli-
gente y moral es susceptible de un sin número
de modificaciones de vicisitudes, de privaciones,
de sufrimientos que le advierten á cada paso sn
debilidad y su dependencia. Los errores de sn
espíritu , los descarrio» de su voluntad, son dos
precipicios, en medio de lo? males transita du-
rante todo el curso de su existencia.
Aislado en la soledad de los campos, desnu-
do de inclinaciones y de imperiosas exigen-
cias, el hombre no serla mas qne un elemento
insignificante del cuadro vaslisimo del universo;
pero en su corazón existe un germen que todas
las circunstancia» de su vida contribuyen i de-
sarrollar. De íl nacen las relaciones de la sim-
patía ; los vínculos de la subordinación , los
desahogos de la sensibilidad : las ex plosiones de
la cólera , la reconcentración de la venganza ,
los encantos del amor, los goces del pensamien-
to : esa muchedumbre , en fin , de afectos , de
5
pasiones , de sentimientos , de operaciones in-
visibles y misteriosa* en que se funda la socia-
bilidad.
A esta palabra el hombre se nos presenta, no
ya en el aislamiento de aquella hipótesis imagi-
naria , sino subordinado á un sin numero de
circunstancias que influyen en sus acciones ;
parte de un todo que no perece ni se interrum-
pe; eslabón de tina cadena que se dilata por
toda la superficie del globo, y miembro de tina
familia destinada á dominar sobre todos los
otros seres. Débil en su nacimiento , Tardante
en su pubertad, ardoroso é imprudente en su ju-
ventud , vigoroso y temerario en su edad viril ,
caduco y trémulo en su vegez- , no hay un solo
dia de su existencia en que no se vea obligado
á reclamar el ayuda de sus semejantes, finan-
do sufre necesita consuelos ; cuando piensa, au-
xilios; cuando goza, participes y confidentes ;
cuando ama , rom (tañera ; ruando se estravia ,
consejero , y cuando muere, una mano que cier-
re sus ojos y entregue sus restos á la tierra.
Asi , pues , no hay uu organo cu su mecanismo,
no hay un afreto en su corazón , no hay una
facultad en su espíritu que no le adsierta la
existencia de otros hombres de quienes ha de
depender, á quienes lia de dominar , ó ron quie-
nes debe vivir.
1' en esta acción y. reacción continua de ser-
vicios , de relaciones, de choque» y de alianza»,
¿oa. habrá regla que le guie, ni freno que le mo-
dere ? ¿ ( arrecí a de prinoLpio» que determinen su
conducta en semlero» tau tortuosos ? ¿ ó abatido-
6
nará el cuidado de su existencia, la tranquilidad
de su concieneia , la seguridad de sus juicios á
los impulsos de un instinto mecánico ? ?«o. Seño-
res : lejos de nosotros tan injuriosa suposición ;
y por roas que la historia nos presente el dolo-
roso cuadro de las naciones dobladas bajo el
jugo del despotismo , dominadas por una feroz
intolerancia, j reducidas ¿ estudiar sus deberes
y sus derechos en el dédalo de una pueril me-
tafísica, ó en las tinieblas de la superstición ,
— reconozcamos que una razón superior fiada en
sus propias fuerzas y movida por sus mismos
resortes , debe trazar la liora de nuestras opera-
ciones , espigándonos su origen , determinándo-
nos su fin, y demostrándonos sus consecuencias.
Este estudio ha podido , en épocas menos fe-
lices , quedar oscurecido y como sepultado bajo
el peso de los conocimientos mas fútiles : los
déspotas han debido proscribirlo como su ene-
migo mas implacable , puesto que revelando al
hombre lo que vale ó lo que puede, le enseñaba
el camino de la independencia: la religión mal
entendida le ha anatematizado bajo los espe-
ciosos pretextos con que siempre se ha cerrado
la boca á la verdad ; pero en la época ventu-
rosa de nuestra regeneración , ninguno de estos l
estorbos puede bailar una ciencia tan importan-
te. Debemos , pues , aplicamos á ella si quere-
mos ser ciudadanos útiles , verdaderos amigas
de la libertad , servidores dignos de la patria, y
fieles observadores de las leyes bajo cuyo dul-
ce imperio tenemos la ventura de vivir.
Y no dudemos que se necesita algo mas que
7
«1 hábito ciego de la obediencia para merecer
todos esos dictados ; porque la obediencia qae
no reflexiona es el carácter distintivo de la es-
clavitud ; y la libertad solo puede conservarse
cuando se conocen su esencia , sus beneficios ,
sus prerogativas, y los enemigos que la ame-
nazan ; cuando se penetra con el estudio de
nuestras facultades su estension y sus abusos ,
cuando el coraron nos ha revelado el misterio
de su flaqueza , y la razón, la energía de su po-
der ; cuando no cumplimos un deber ui recla-
mamos un derecho, sin que estemos seguros de
que no somos victimas ni tiranos. El estudio
mas digno del hombre , ha dicho un poeta filó»
sofo, es el hombre mismo : añadamos que es
también el mas necesario, porque sin él ¿quién
nos liberta de nuestras ilusiones , y quien pone
un freno á nuestros apetito* ? ¿ quién aparta de
nuestros cuellos el yugo de la arbitrariedad ?
¿ quién nos preserva de los males de la anarquía?
¿ quién da vigor á las leyes , respeto á sus de-
positarios y carácter inviolable á su sanciou ?
i quién , en fin , pone en orden el caos de er-
rores y de las pasiones prontas siempre á desen-
frenarse y á sepultar la sociedad entera en el ma»
espantoso de los abismos ?
Por otra partí? , á medida que han progresado
las luces , que se ha perfeccionado la industria,
que se han aumentado las naciones , y que los
gobiernos han esteqdido sus atribuciones y sus re-
surtes , los vínculos de la suciabilidad se han
ido complicando, de tal modo que la masa de
las obligaciones forma ya una parle rsencialisiina
8
de nuestra existencia civil v moral. Alguna luzh*
de disipar las tinieblas de tan intrincado labe-
rinto : esta luz es el saber , desdeñado en vano
por la ignorancia presuntuosa, pero indispensa-
ble para aqnelloS que buscan de buena fe el or-
den , la paz r la ventura. F,1 fruto mas precio-
so de la civilización , el producto mas útil de
la filosofía es esta ciencia incomparable ron cu-
yo auxilio sabemos lo que somos, y porqué lo
somos ; lo que alcanzamos y lo que sentimos ;
los limites de nuestras fuerzas , el uso de nues-
tras prerogativas , las cláusulas del pacto que nos
liga con nuestros sem^antes, y la amplitud de
la esfera en que es lícito movemos.
Prendados los bombees de este estudio , siem-
pre que han egereido su razón han aplicado á él
todo su conato, con un celo que ha sido casi
generalmente mas loable que feliz. I.os anti-
guos cuyas ideas religiosas, por ahsmdas que
fuesen, no llegaron jamas á invadir el dominio
del pensamiento, nacidos bajo el régimen libre
de las repúblicas , y libres de muchas trabas
que los progresos de la cultura han puesto al
egercicio de la razón , consideraban el estudio
del derecho natural , como el mas importante
de cuantos se podían emprender. En cultivar-
lo , decia Cicerón , está cifrado todo el’ mérito
de nuestra vida , y su descuido es una men-
gua ignominiosa. Pero las sutilezas filosóficas
vinieron muy en breve á degradar sü noble
sencillez , sobrecargando sns principios • y do-
cumentos Con clasificaciones inútiles y distincio-
nes imaginarias. Era necesario escribir según la
9
línea trazada va por nn gefe de secta: et aca-
démico no entendía la naturaleza de nuestras
obligaciones como el estoico. Carneados no
pensaba como Cratipo acerca de las mas senci-
llas nociones de nuestra existencia moral. F.l
mismo Cicerón que aspiró á libertarse de este
yugo y á pensar por si, consultando la razón
primitiva , no pudo deshacerse completamente
de los hábitos filosóficos que había adquirido
en su juventud. Sin embargo se acerró cnanto
pudo al verdadero origen de todo raciocinio
en las ciencias políticas y morales. Tomó al
hombre en su desnuda existencia por objeto
de un sabio análisis, y despnes de haber tra-
zado una ligera comparación entre las dos na-
turalezas animal y rarional, establece las pre-
rogativas de la última en estas hermosa» pa-
labras: « El hombre , dotado de razón , con
la cual penetra las consecuencias de las cosas,
ve sus causas y sus progreso* , adivina su ori-
gen, compara sus semejanzas, y nne las pre-
sentes con las futuras , conoce de antruqino
el curso de su vida y prepara cuanto para
ella es necesario. Htírno autern quod rationts
est particeps , per ijuam eonsequentta rrrtitf,
causas rerum videt , earumque progresáis el
quasi antecesiones nen ignorat , similitudines
comparat , et rebus preesentibus atljungit ñique
annectit futuras-, facilr totius vitas eursuni eider,
ad eamque degendetm , prceparat res nes estu-
rias. Este era el verdadero camino de acert arse
á la verdad : asi es -que si en ol magnífico tra-
tado de oficiis l'altí el complemento de aquella
/
10
profundidad filosófica que solo pudo ser efec-
to del adelanto simultáneo de todos los cono-
cimientos humanos, las definiciones sin embar-
go son en estremo claras y precisas , el mé-
todo sencillo y analítico , los documentos sa-
nos V perfectos. Cicerón será á veces nuestra
guia, cuando en el «amen de las relaciones so-
ciales busquemos la razón en que se fundan.
En los siglos posteriores y cuando la restau-
ración de las letras hizo despertar al enten-
dimiento humano del letargo en que vacia,
como la jurisprudencia fue una de las ciencias
que mas llamaron la atención, y como los li-
bros de los antiguos sobre leyes acudian con
frecuencia al derecho natural, como último fallo
en las cuestiones complicadas, los hombres se
aplicaron á su estudio , luchando con los in-
finitos obstáculos que le oponian las preocu-
paciones de los tiempos y el régimen político
bajo el cual vivian todos los pueblos de Eu-
ropa. En efecto , era difícil descifrar las cláu-
sulas del pacto primitivo , cuando no se re-
conocía ma» ley que la espada ; era inútil
hablar de la igualdad de derechos cuando el
feudalismo había alzado las mas odiosas bar-
reras entre el hombre y el hombre : era en fin
peligroso descender á la profundidad del cora-
zón, sin mas guia que la razón humana, cuando
ardía» las hogueras de la inquisición y cuan-
do las guerras religiosas destruían las nacio-
ues que son hoy modelos de civilización y de
tolerancia, brillaban de cuando en cuando al-
gunas verdades de aquellas que revelan al hom-
bre su dignidad ; y los teólogos mismos osa-
ron indicar la soberanía del pueblo como ori-
gen de todos los poderes, pero esto no cons-
tituía un cuerpo de doctrina , ni un sistema
seguido y profesado. Grocio, Heinecio, Puffen-
dorf , escribieron en tiempos posteriores y no
alzaron sino una parte del velo que ocultaba
la verdad. Después apareció esta en todo su
esplendor á los ojos de los hombres. El filó-
sofo de Ginebra fijó las causas de la desi-
gualdad y las condiciones del contrato en que
se funda el edificio social ; Volney inspirado
por las ruinas de un imperio poderoso , re-
vistió con los colores de una fantasía poéti-
ca aquellas verdades esenciales ; Montesquicu
les dió todo el peso de una dialéctica irresis-
tible; la escuela de Escoria las unió ron el
conocimiento metafisico del hombre , conside-
rándolas romo emanaciones precisas de sus fa-
cultades ; el mismo Montesquicu, Beraria, F¡-
langieri, Servan, Brissot y otros muchos, las
aplicaron al examen de las leyes positivas, y
Bentham desbaratando cuanto habían hecho
sus predecesores , sacó de principios mas nue-
vos y mas positivos , consecuencias mas fecun-
das , aplicaciones mas vastas y resultados mas
útiles.
Entre las dos épocas que acabamos de dis-
tinguir, floreció el autor que me propongo se-
guir en este curso : el sajón Burlamachi , do-
tado de un discernimiento clarísimo, de una
vasta erudición y de una afición decidida
á la jurisprudencia , consagró toda su vida á
13
despojar esta ciencia de los errores que la
afeaban. Sus elementos del derecho natural
no son una obra completa , capaz de llenar
enteramente las atenciones de un curso; pero
su método analítico , sus clasificaciones acer-
tadas , la claridad de sus principios , le re-
comiendan altamente como un conductor se-
guro en el vasto laberinto de especies que
van á reclamar nuestra atención. Ninguno en
mi sentir ha ligado con mas tino que este es-
critor las relaciones morales con las políticas;
ninguno ha pasado por transiciones mas in-
sensibles del hombre aislado al hombre social;
ninguno ha manifestado de un modo tan claro
la intima relación que existe entre el hombre
y el ciudadano. Por esto le be elegido para
que sirva de testo á nuestras meditaciones,
reseñándome el derecho de separarme á ve-
ces de sus consecuencias , de ampliar sus prin-
cipios y de aplicarlos á las instituciones po-
litieas qtie nos rigen, y cuyo estudio debe ser-
nos tan precioso como necesario.
Porque no me ha parecido conveniente li-
mitarme á la desnudez clásica con que este
y otros muchos escritores han tratado las doc-
trinas de la legislación natural. Juzgo que la
' ciencia que vamos á estudiar y la moral filoso-
fa tienen entre sí la mas íntima ronexion; pero
esta dirige al hombre en el recinto de sus
relaciones domésticas, ó si le sata de ellas es
para trazarle una corta serie de deberes pa-
sivos ; pero el derecho natural no considera
las relaciones privadas , sino como rudimentos
1
i3
de las obligaciones públicas, y para ello apli-
ca sus atentas miradas á los principios funda-
mentales de la sociedad, del gobierno, de la
legislación. Miembros de un pueblo libre , re-
gidos por uu Código político en que están
consignados los dogmas mas filosóficos, noso-
tros debemos aspirar á penetramos de su es-
píritu y á conocer los limites hasta donde nos
pueden llevar sus aplicaciones. No creamos que
las Constituciones se observan , como se obe-
decen los mandatos de un monarca absoluto:
para esto no se necesita mas que el ciego
instinto de la esclavitud; para aquello es in-
dispensable el libre uso de la razón, y este uso
es tanto mas libre cuanto es mas ilustrado. Un
simple ciudadano es un ser infinitamente mas
noble y mas digno que el vasallo inas emi-
nente. Para egerCcr cualquiera de las funcio-
nes que puede confiarle la Patria, es menes-
ter algo mas que la egecucion rutinera de las
obligaciones sabidas: el depósito que se le con-
fia no es un peso inútil: es á veces la balanza
de la justicia , el cuidado del reposo públi-
co, la representación de los inas sagrados de-
rechos ; en fin la salvación entera de la gran
familia á que pertenece.
Para llenar fines tan elevados, apliquémos-
nos á conocer la diguidad y el curso de nues-
tros destinos, y examinemos los diferentes me-
dio» con que pueden egercerse las facultades
que hemos recibido de la naturaleza y de la
sociedad.
Pero apartémonos eu tan importante estudio
l
de todo espíritu de secta y de sistema; rompa-
mos sobre todo cuantos obstáculos hallemos
entre nosotros y la verdad. 3Vo procedamos
en el examen de verdades prácticas con una
fé ciega en los que nos han precedido: ana-
lizemos las ideas que se noS presenten : con-
frontémoslas antes de establecerlas como ba-
ses de ulteriores raciocinios, y ya que el hom-
bre ha de ser en último resultado el prin-
cipio y el fin de nuestras investigaciones, ten-
gamos presente que este ser indefinible es un
compuesto admirable de órganos y de facultades,
de sensaciones y de ideas , de necesidades y de
prerogativas ; y por consiguiente que el cono-
cimiento fisiológico de su organización es un
auxiliar poderoso para penetrar en los abis-
mos de su existencia mental.
Partiendo de estos principios y trasladan-
do la misma regla del hombre á la sociedad,
considerémosla como una máquina inmensa,
cuyos diversos resortes se mueven por el mis-
ino impulso v ceden ¿ los mismos choques.
Descompongamos este todo complicadísimo, y
hallaremos por elementos constitutivos de la
masa , los deseos , los intereses , las pasiones
de los individuos : admiremos la armonía que
resulta del concurso de tantas acciones y de
la lucha de tantos intereses ; pero tengamos
presente que esta armonía vá á convertirse en
un caos, en el momento en que cada cual des-
conozca sus atribuciones y su» deberes : nue-
vo y poderoso motivo de empeñarnos en su
estudio.
5i
Fijemos como piedra fandamental de esta
difícil enseñanza que toda nación se compone
físicamente de hombres , los cuales no sola-
mente dependen del derecho natural primiti-
vo , sino que están ademas sujetos á una au-
toridad soberana; pero la cualidad de ciuda-
danos no les borra la esencia de hombres;
asi , pues , nada disipa ni puede disipar en
ellos el carácter originario de elevación y dig-
nidad.
Si nuestra ventura particular es el obje-
to de nuestra conducta, la ventura social es
el objeto del legislador , la utilidad general
deberá ser el fundamento de toda ley. Con
este instrumento en la mano desaparecerá á
nuestra vista esa especie de fanatismo políti-
co , que considerando á los hombres como
otras tantas teorías , convierte las leyes en es-
peculaciones abstractas, y admite como prin-
cipios demostrados lo que se funda en una
creencia ciega, tan necesaria en las materias
de fé , como perjudicial en la ciencia del de-
recho. Conocer ei bien de todos ; esto es lo
que constituye la ciencia de la ley : hallar los
medios de realizarlo , tal es el arte de la le-
gislación.
La naturaleza ha colocado al hombre bajo
el imperio del placer y del dolor. A ellos de-
bemos todas nuestras ideas , á ellos referimos
todos los juieios, todas tas determinaciones de
nuestra vida. £1 que pretende sustraerse á su
imperio y recurrir á las quimera» de un so-
ñado equilibrio, es ua temerario ó un faná-
ifi
tico. Cuando buscamos lo que no» contiene,
cuando huimos de lo tjue nos daña , cuando
satisfacemos las necesidades del coraron: mas
es, cuando nos sometemos resignada, pero vo-
luntariamente ñ los mas penosos sacrificios, en-
tonces redemos á uno de aquellos dos agen-
tes imperiosos. En vano queremos sustraernos
á su influjo : él ocupa toda nuestra existen-
cia , y amolda . digámoslo asi , nuestra vida.
Sometidos , pues , á tan innegable necesidad,
apliquémonos á conocer estos dos grandes mo-
tores de todo cnanto hacemos y pensamos ; y
si en las doctrinas qne van d ocupamos en
este curso no los perdemos de vista , halla-
remos un campo inmenso de descubrimientos
y un germen inagotable de aplicaciones.
Rentham, á quifn citaré con frecuencia como
mi qumdo maestro, y el escritor roas nuevo
y original de cuantos han tratado materias le-
gislativas , funda en aquellos dos cimientos to-
do el edificio de las leyes positivas; pero no-
sotros discurriremos el camino que él no ha
tenido por conveniente tra/.ar , y hallaremos
que en las leyes naturales que preceden á las
positivas , como la oaturalrxa precede al ar-
te , el placer y el dolor son las autoridades
mas *eguras , y las barreras roas indestructi-
ble». De aquí resultaran doctrina» que pare-
cerán meras paradojas ; porque nos liemos t~
durado aplicando á toda esjiecie de conoci-
miento la abnegación y el estoicismo de la
doctrina evangélica : teoria sublime á la ver-
dad , divina como su autor , y tau superior
17
á la filosofía humana, como el cielo ¿ la tier-
ra. Pero la religión tiene su templo en el co-
razón y su esfera en nuestros sentimientos ín-
timos. Al salir de este círculo se necesita, por
desgracia de la humanidad, el peso de lo que
es positivo , real , sensible y aun exactivo y
violento. Por esto la fuerza de la sociedad en-
tera se desploma, digámoslo asi, contra el in-
dividuo que la ultraja ; por esto hay gobier-
no y policía , y poderes y castigos ; y todos
estos elementos y probabilidades unidos con
los que emanan de nuestras sensaciones, deben
entrar como partes integrantes en la ciencia á
que vamos á aplicarnos.
Resueltos á descomponer , digámoslo así,
las ideas antes de darles valor , renunciemos
igualmente al uso de esas palabras vagas é
indefinidas, que han pasado de las escuelas á
los Códigos, y que han abierto el santuario de
la justicia á la arbitrariedad y á la interpre-
tación. La persuasión intima , la conciencia,
el honor , la simpatía , el tacto moral , to-
dos estos principios equívocos , que cada cual
aplica á su modo y que tantas veces han
sancionado los mas espantosos descarries, de-
ben proscribirse de la legislación filosófica.
Esta no quiere enigma ni entusiasmo, ni ins-
piración, sino datos seguros y datos invaria-
bles. Para celebrar un pacto, es forzoso cono-
cer los derechos de los contrayente» y el va-
lor de sus respectivas condiciones : para ege-
cutarlo, es indispensable atenerse a lo escrito.
Ahora bien : cuando se trate de obedecer los
i8
preceptos de la justicia , y de admirar los pro-
digios dp la virtud , de nada sirve decir: así
lo escribió la naturaleza en nuestros corazo-
nes ; lo que conviene demostrar es, que el
cumplimiento de aquellas obligaciones está de
acuerdo con lo que deseamos , con lo que
poseemos; con nuestro placer, con nuestra uti-
lidad, con el bien estar de nuestra v ida, y con
la armonía de la sociedad de que somos parte.
Mas allá de estas barreras no hay mas
que tinieblas y error; pero dentro de ellas
se contiene cuanto se necesita para ser bue-
nos hijos , buenos padres , buenos esposos , ciu-
dadanos útiles , hombres benéficos , magistra-
dos inexorables , defensores de la patria , ami-
gos del orden y verdaderos eonstitueionales.
Allí están las reglas de la conducta , los estí-
mulos de la virtud , el castigo del mal moral,
la esencia del gobierno perfecto, el dogma de
la libertad y de la igualdad , y todas las con-
secuencias que derivadas de aquellas fuentes,
forman el conjunto de reglas políticas á que
hemos dado el nombre de Constitución.
1.a nuestra renacida, hoy hace un año,
de sus cenizas, confirmará á cada paso nues-
tras observ aciones ; ella serv irá muchas veces
de texto á nuestros estudios , y siempre que
en el discurso de ellos encontremos tina apli-
cación exacta de la legislación natnral á la le-
gislación positiva , el Código político de los
españoles confirmará con egemplos luminosos
todas nuestras doctrinas. Encargado por el Ate-
neo de dirigir este curso , yo procurare des-
1 9
empeñar tan honroso ministerio, eomnnicando
á los que tengan la bondad de oirme el fruto
de las meditaciones de toda mi vida. ¡Dicho-
so yo si al terminar el curso , mis discípulos
han adquirido á lo menos el deseo de discur-
rir el camino que yo me habré contentado
con indicarles ! ¡ y dichosa la patria si el cono-
cimiento profundo de los derechos le propor-
ciona miembros titiles que la ayuden k cum-
plir los altos destinos que le están señalados!